Foto: Lucas Baisch
Foto: Lucas Baisch

Bebeu e soluçou como se fosse um náufrago

El domingo 2 de octubre se realizarán elecciones presidenciales, parlamentarias y estaduales en Brasil. Más de 156 millones de personas, distribuidas en 5.570 distritos electorales dentro del país y 181 en el exterior, estarán habilitadas para votar. Serán las primeras elecciones en las que el actual presidente, Jair Messias Bolsonaro se enfrente con el ex-presidente, favorito en las encuestas, Luiz Inácio Lula da Silva.

Tanto por las repercusiones internas como internacionales, las del domingo serán una de las elecciones más importantes del mundo realizadas este año. Brasil es una de las principales economías a nivel global, lo que le permite tener una influencia decisiva en la región Latinoamericana. Por esto, el signo político del país incide de manera decisiva en el pulso de la región.

A su vez, estas elecciones se encuentran signadas por la dramática historia reciente: una serie de acontecimientos decisivos que se fueron hilvanando de manera vertiginosa durante la última década. En primer lugar, el quiebre histórico que significó la revuelta social del 2013 y que expresó un fuerte malestar contra el conjunto del sistema político; malestar que luego sería capitalizado por elementos de derecha. Lo siguieron, tan solo un año después, las elecciones del 2014, en las que el candidato del establishment, Aécio Neves del PSDB, quedó a un suspiro del PT. Llegó luego el posterior giro ortodoxo en la política económica de la electa Dilma Rousseff, mediante el cual pretendía neutralizar la avanzada de derecha. Y, más tarde, el criminal golpe de estado del 2016 que destituyó a la democráticamente electa presidenta Dilma mediante la conspiración palaciega que fue el impeachment. Luego sería el turno de la operación mediática y judicial mediante la cual se proscribió y encarceló a Lula durante 580 días bajo acusaciones que luego se probaron como falsas. Finalmente, el escenario de crisis y la avanzada de la derecha fue coronada por la llegada al gobierno de una facción de ultraderecha, pos fascista, encabezada por Jair Bolsonaro. Todos estos acontecimientos fueron conformando dramáticos capítulos de la historia reciente del país, haciendo de estos comicios los más importantes desde las primeras elecciones democráticas de la transición 1989.  

La dramática e intensa carrera presidencial por el sillón del Palacio de la Alvorada corre en paralelo con una inmensa competencia por el Palacio del Planalto, sede del poder legislativo federal. En estas elecciones, además de la cabeza del ejecutivo se renovará la totalidad de gobernadores pertenecientes a los 26 estados y el distrito federal; el conjunto de miembros de la cámara de diputados, conformada por 513 bancas (distribuidas proporcionalmente según el tamaño de cada estado) y un tercio de la cámara de senadores, es decir 27 de los 81 miembros. Tanto para ganar la presidencia en primera vuelta, así como las gobernaciones, los candidatos deberán obtener mayoría simple. Esto significa obtener la mitad más uno de los votos válidos. En caso contrario, competirán en la segunda vuelta el 30 de octubre.

Si bien el sistema político brasilero es presidencialista, el peso que posee el parlamento le confiere características parlamentarias en la gobernabilidad. Es por esto que las elecciones se conforman como un gigantesco rompecabezas sobre el que se dibujará la imagen del próximo gobierno.

Entre los estados que más diputados aportan al congreso se encuentra, en primer lugar, el estratégico estado de São Paulo, virtual capital económica del país, cuya población de más de 46 millones de habitantes representa el 22,16% del padrón electoral (70 diputados nacionales). Lo siguen Minas Gerais, donde se concentra el 10,41% del electorado (50 diputados nacionales), y Río de Janeiro, estado de donde proviene Bolsonaro y que concentra el 8,2% del padrón (46 diputados).

Surangya (Peoples Dispatch)
Surangya (Peoples Dispatch)

Sem medo de ser feliz, quero ver chegar

En torno al ex-presidente Luiz Inácio Lula da Silva (PT), se reúne una de las mayores articulaciones políticas que se han presentado a elecciones desde la transición democrática. La alianza incluye a diez partidos con extensión nacional, que van desde el Partido Verde (PV) hasta el Partido Comunista do Brasil (PCdoB), pasando por el Partido Socialismo y Libertad (PSOL). También congrega a los principales movimientos sociales organizados del país, como el Movimento Sem Terra (MST), el Movimento dos Trabalhadores Sem-Teto (MTST), el Movimento de Trabalhadores por Direitos (MTD) y el Levante Popular da Juventude, entre muchos otros. Así como las principales centrales sindicales del país.

La fórmula presidencial que encabeza Lula se completa con Geraldo Alckmin (PSB) como candidato a vicepresidente. Alckmin es uno de los fundadores, junto con el ex-presidente Fernando Henrique Cardoso, del tradicional Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), más popularmente conocidos como tucanos. El PSDB ha sido históricamente uno de los partidos garantes de la gobernabilidad en Brasil. Si bien sólo accedió a la presidencia bajo la candidatura de Fernando Henrique Cardoso, siempre mantuvo una extensa presencia en alcaldías, legislaturas y el congreso. Esto le ha dado una importante gravitación independientemente del signo político del ejecutivo de turno. Tan es así que el PSDB fue uno de los actores claves del impeachment en 2016 y luego fue uno de los principales sostenes en el esquema de gobernabilidad de Michel Temer (MDB).

Alckmin representa una pieza clave para un eventual esquema de gobernabilidad. Esto se explica tanto por la extensión de sus articulaciones políticas, como por su vínculo con el empresariado vernáculo. A su vez, en términos electorales, su figura atrae un electorado de centro-derecha, con el cual el PT tiene dificultades para dialogar.

Pero lo más novedoso del actual escenario no reside en las arquitecturas electorales, sino más bien en las alianzas sociales que estas expresan. A diferencia de las elecciones del 2018, una importante facción de la burguesía brasileña apoya la fórmula encabezada por el PT. Esto supone un cambio sustancial en la estrategia del gran empresariado.

Fueron los grandes grupos económicos quienes organizaron y financiaron el golpe del 2016. En ese momento, el impeachment fue la forma que adoptó el intento de resolución de la crisis económica y política del capital en Brasil: una forma que perseguía el objetivo de desmantelar los equilibrios de compromisos que sostenía el gobierno del PT entre el capital y los sectores populares. Es por esto que las principales medidas del gobierno de Temer estuvieron orientadas a mejorar las condiciones de acumulación del capital. Fue en ese breve periodo cuando se implementó una triple reforma estructural (laboral, previsional e impositiva) fuertemente regresiva y se sancionó la ley que limita el gasto social del estado por un periodo de 20 años.

El posterior encarcelamiento de Lula buscó evitar que esa ofensiva del capital y la derecha se revirtiera. Además, el proyecto contó con el aval de los EEUU, que buscaba alinear al gigante sudamericano en su disputa con China.

Sin embargo, la llegada de Bolsonaro al gobierno federal no generó los resultados esperados. Por el contrario, no sólo no logró superar la crisis, sino que la recrudeció. Durante su periodo presidencial 28 mil industrias cerraron. La inflación se disparó y se encareció la inversión productiva. Asimismo, el conflicto social se acrecentó, amenazando la gobernabilidad.

Pero el momento más dramático del gobierno de Bolsonaro fue su gestión durante la pandemia. Con casi de 700 mil muertes y con un gobierno que hizo todo lo posible para empeorar la situación apoyándose fuertemente en un discurso anti-científico, el país proyectó al exterior, durante semanas enteras, terroríficas imágenes de cuerpos apilados sin vida. Imágenes de un país que no solamente transmitían un abrumador sufrimiento, sino que, desde el punto de vista del capital, dificultaron todos los negocios en el exterior y afectaron seriamente la credibilidad de la nación.

Durante la anterior década, Brasil había entrado en el panteón de los países más importantes e influyentes del mundo. Lula había dejado la presidencia con un 80% de aprobación entre la población brasileña. Las influyentes redacciones liberales de The Economist y Financial Times le dedicaban frondosos artículos elogiosos a la administración Lula. Y, de repente, la espectacular imagen que Brasil había proyectado se desmoronaba: el país comenzaba a ser tratado nuevamente como un incivilizado paria en la comunidad internacional.

Esta situación fue sembrando un sentimiento de malestar extendido, tanto en los sectores medios como en la burguesía brasileña. Espontáneamente, en cada gran festival o actividad cultural masiva se empezaron a cantar insultos contra el presidente Bolsonaro, mostrando un sentimiento de desacople con el actual gobierno. Artistas e influencers, otrora opositores al PT, fueron acrecentando la lista de colaboradores con la candidatura de Lula, lo cual daba señales de la misma temperatura social.

“de repente, la espectacular imagen que Brasil había proyectado se desmoronaba: el país comenzaba a ser tratado nuevamente como un incivilizado paria en la comunidad internacional”

Luego de que fracasara el intento de lo que la prensa llamó “la tercera vía”, es decir un candidato que no fuese ni Bolsonaro ni Lula, los empresarios se fueron volcando hacia la campaña del ex-presidente. De esta manera, el nombramiento de Geraldo Alckmin funcionó como garantía para estos sectores de poder. Tan es así, que en la última semana de campaña Lula tuvo un cierre con una cena a la que asistieron cien de los empresarios más poderosos del país.

La actual fórmula Lula/Alckmin se sustenta sobre un conjunto de apoyos de los más diversos: un arco que va desde movimientos y partidos de izquierda hasta importantes sectores empresariales; sectores demócratas del establishment estadounidense hasta las poblaciones empobrecidas de las periferias brasileñas. De esta manera, frente al bolsonarismo se fue construyendo un espacio que pugna por defender los consensos democráticos de la transición (o lo que queda de ellos).

Portando una enorme competitividad electoral, la lista encabezada por el PT se constituyó como un enorme frente democratico. Pero, para ello, tuvo que incorporar en su seno un conjunto de contradicciones y disputas por arriba y por abajo. Con márgenes muy estrechos para ensayar un nuevo gobierno de colaboración de clases, la pregunta que se abre es: ¿qué Lula es el que vuelve?

O mito chego (fábula de la biblia, la bala y el buey) 

El actual presidente, Jair Messias Bolsonaro, se presenta con el general Walter Souza Braga Netto como candidato a vice presidente. O mito, como llaman a Bolsonaro sus seguidores, lidera un espacio de ultraderecha que cuenta con una importante capilaridad social y una base social movilizada. Se trata de un sector de extrema derecha cuya principal novedad radica en su abierta hostilidad reaccionaria contra los consensos establecidos por la transición democrática y la Constitución de 1988. Es en esta característica que reside su principal diferencia con la “derecha democrática” que disputaba el poder hasta 2018.

El principal sustento político de esta alianza se encuentra en lo que se conoce como la bancada de la triple B. Este nombre hace referencia a las bancas de la Bala, la Biblia y el Buey: un conjunto de parlamentarios y poderes de lobby, con mucha capacidad de financiamiento, que pugnan por imponer sus reaccionarias agendas.

La bancada de la Bala es un frente de diputados apoyados por la industria bélica, la asociación de tiradores y la asociación de policías civiles y militares. Una de sus principales fuentes de financiamiento es la firma Taurus Armas S.A., que tiene sede en la ciudad de São Leopoldo, en el estado de Rio Grande do Sul.

La industria bélica atravesó un espectacular momento durante el gobierno de Bolsonaro. La cantidad de licencias para la portación de armas legales ascendió de 117 mil a casi 700 mil. Esta cifra supera con creces la cantidad de policías que hay en el país, que ronda en los 400 mil efectivos. De hecho, desde el periodo abierto en 2019 hasta la actualidad, el país registró más de 441,3 mil armas, mientras que en los 21 años que van desde 1997 hasta el 2019 se habían registrado 120,4 mil importaciones de armas. Todo esto en el contexto de un país desgarrado por la violencia donde el año pasado se registraron 47.503 muertes violentas, lo que representa un promedio de 130 cada día.

La bancada de la Biblia, por su parte, es un frente que recibe el apoyo de los principales mercaderes de la fe en el país. Cuenta con el padrinaje del multimillonario Edir Macedo, dueño de la Iglesia Universal del Reino Dios, con más de 5 mil templos en el país. A su vez, Macedo es el dueño del grupo mediático Record, el segundo más grande del país después de TVGlobo. Esta bancada posee un partido propio llamado Partido Republicano Brasileño, que surgió de una escisión del PL (partido con el que Bolsonaro ganó las elecciones en 2018).

“Se trata de un sector de extrema derecha cuya principal novedad radica en su abierta hostilidad reaccionaria contra los consensos establecidos por la transición democrática y la Constitución de 1988

Por último, la bancada del Buey refiere al sector ligado al agronegocio y el latifundio. Brasil es uno de los países con mayor concentración de la tierra del mundo. Según el último Censo Agropecuario del país, realizado en 2017, cerca del 1% de los propietarios de tierra controlan casi el 50% del área rural del país. En este contexto, la lucha por la ampliación de la frontera del agronegocio resulta para el capital, en su voracidad, uno de sus principales objetivos. Esto coloca la lucha por la apropiación de la Amazona en el centro de la tormenta. Según el último informe del Instituto Nacional de Pesquisas Espaciais (Inpe), durante los primeros seis meses del año, la pérdida de la amazonia brasileña rompió un nuevo récord con la deforestación de 3.987 kilómetros cuadrados de selva. El área destruida es 80% más grande que la del mismo periodo en el 2018, lo que representa el equivalente a casi cinco veces el tamaño de la ciudad de Nueva York.

A su vez, esta alianza de ultraderecha se complementa con sectores ultraliberales. El principal referente de estas facciones es Paulo Guedes, uno de los fundadores del Instituto Millenium, una influyente usina de ideas ultraliberales. Actualmente, Guedes se desempeña como una suerte de superministro de Economía, luego de que la cartera ministerial absorbiera los ministerios de Hacienda, Planificación, Presupuesto y Gestión e Industria, Comercio Exterior y Servicios y algunas áreas del Ministerio de Trabajo.

Guedes resulta un personaje obscenamente arquetipo de esta corriente de pensamiento.  En 1974, ingresó al Departamento de Economía de la Universidad de Chicago, que por ese entonces se convertiría en la vanguardia de la renovación del pensamiento liberal: lo que sería posteriormente conocido como neoliberalismo. Ya entrada la década de 1980, es invitado por Jorge Selume, quien fue director de Presupuesto bajo la dictadura de Pinochet, para estudiar de primera mano lo que sus compañeros de Universidad, los Chicago Boys, habían experimentado en el país.

De esta forma, Bolsonaro se yergue como la síntesis del desmoronamiento de la derecha tradicional y la emergencia de una extrema derecha fuertemente hostil contra los consensos democráticos de la transición. Lo ocurrido en las elecciones del 2018 es una muestra elocuente de ello. Ese año, se produjo un fuerte desplazamiento de votantes de los partidos tradicionales hacia Bolsonaro: PMDB perdió 31 bancas y el PSDB 18, mientras que Bolsonaro pasó de tener tan solo 2 bancas a 52.

Chove Chuva

La situación económica es uno de los temas más gravitantes en la campaña. Las elecciones encuentran al país al borde de una recesión económica con índices socioeconómicos alarmantes y esto representa una de las principales preocupaciones de los electores.

Pese a que en las últimas semanas la inflación se desaceleró, todavía se mantiene en niveles altos. Esta situación que afecta principalmente a los sectores más empobrecidos de la población. Luego de haber bordeado el 12%, el peor índice desde 1994, pasó al 7,96%. Para ello, el gobierno de Bolsonaro, en los últimos meses, mantuvo una estricta política monetaria mediante la cual intentó frenar el alza de los precios.

Desde el fin de la pandemia, el gobierno aprobó doce subas consecutivas de la tasa de interés, llevándola hasta el 13,75%. Se trata de uno de los ciclos de política económica monetaria más agresivos del mundo. A su vez, a fines de junio estableció una reducción en los impuestos sobre los combustibles, la energía eléctrica, las comunicaciones y el transporte colectivo. La medida pretendía bajar el costo de esos bienes, anclándolos como amortiguadores de toda la economía.

Los resultados de estas políticas, sin embargo, han sido magros. Si bien el paquete de medidas económicas consiguió una disminución en la tasa de inflación, esta sigue siendo alta mientras que su control supone un elevadísimo costo fiscal. De este modo, la extraordinaria suba de la tasa de interés resultó en una violenta transferencia de ingresos hacia el sector financiero, coronado como uno de los sectores más beneficiados del periodo. El shock ortodoxo produjo que las proyecciones de crecimiento para este año fuese de tan solo un escaso 1%, uno de los peores rendimientos de la región. A su vez, la reducción impositiva generó que el estado perdiera una de sus fuentes recaudatorias, aumentando así el déficit fiscal primario.

Más allá de las intrincadas variables macroeconómicas, todo este cuadro mantiene un estrecho correlato con la vida diaria de los sectores populares en Brasil. En junio de este año, la Red Brasileña de Pesquisa en Soberanía y Seguridad Alimentaria (Penssan) publicó un informe donde advierte que en el país alrededor de 125 millones de personas sufren inseguridad alimentaria. Esto significa que el 60% de la población no llega a cubrir las cuatro comidas diarias, mientras que 33 millones de personas padecen diariamente hambre: un retroceso a niveles solo comparables con la crisis que azotó al país en 1993.

Esto explica por qué uno de los ejes de campaña de Lula es volver a terminar con el hambre, haciendo una fuerte reivindicación de sus mandatos de gobierno. Durante aquel período, Brasil había conseguido salir del mapa del hambre elaborado por las Naciones Unidas.

“el 60% de la población no llega a cubrir las cuatro comidas diarias, mientras que 33 millones de personas padecen diariamente hambre: un retroceso a niveles solo comparables con la crisis que azotó al país en 1993″

Dona da minha cabeça

Todas las encuestas posicionan a Lula como el favorito, con una intención de votos que fluctúa entre el 45% y el 47%. Estos números podrían incluso llegar al tan necesario 50%, si se proyecta a los votos válidos. Si bien Lula es el favorito de las encuestas desde hace más de un año, lo cierto es que fue con el caminar de la campaña y la cercanía de la contienda cuando logró despegar su intención de voto. Por otro lado, las encuestas mantienen a Bolsonaro en 33% de intención de votos (35% válidos) desde marzo de este año, lo que muestra una seria dificultad de parte del candidato de extrema derecha para amplificar su base de votos consolidada.

No obstante, resulta recomendable mantener cierta prudencia. No solo porque el júbilo festivo de quien todavía no ganó el partido resulta un mal consejero, sino porque algunas variables pueden incidir de manera distorsionante en la radiografía de las encuestas. Una de ellas es que la base social del bolsonarismo es fuertemente reactiva a los estudios de opinión, así como a los medios tradicionales de comunicación. Este elemento podría llegar a dificultar la construcción de muestreos representativos, tal como propone Steve Bannon, uno de los principales articuladores de la nueva extrema derecha global, en una entrevista reciente.

De esta lectura se desprende a su vez una hipótesis lateral: la desconfianza de la base social del bolsonarismo hacia los medios de comunicación y las encuestas resulta un eficaz dinamizador para ensayar un desconocimiento de los resultados. Tan es así que, a medida que se acerca el día de las elecciones, se ha ido intensificando la campaña virtual en medios alternativos de derecha desde donde el bolsonarismo predica la idea de que los resultados de las encuestas son solo un instrumento mediante el cual el lulismo prepara un fraude electoral.

Esta idea, difundida entre la militancia y los simpatizantes bolsonaristas, se ensambla con declaraciones del propio Bolsonaro. En su reciente viaje a Inglaterra, con motivo del sepelio de la Reina Isabel II, el actual presidente declaró que si no consigue “por lo menos el 60% de los votos algo anormal estaría pasando”.

La magnitud de las acciones coordinadas a través del desconocimiento de los resultados será directamente proporcional a los números que efectivamente logren conquistar los candidatos. Una contundente victoria de Lula en primera vuelta dejaría muy reducido el margen de maniobra de la base bolsonarista como para ensayar alguna aventura de violencia política. De igual manera, cuanto más estrecha sea la diferencia entre ambos candidatos, más capacidad de operación tendrá.

Sin embargo, una aventura que le permita al bolsonarismo ensayar una suerte de golpe no cuenta con el aval explícito del conjunto de ninguna facción de poder. Tanto la secretaría de defensa de EE.UU como el Congreso Estadounidense declararon expresamente su desautorización frente a las insinuaciones golpistas de Bolsonaro. En la misma línea se fueron pronunciando distintas cámaras empresariales brasileñas, entre ellas, la poderosa Federación de Industrias del Estado de São Paulo (Fiesp). Estos elementos marcan una clara diferencia con el clima del 2016, cuando estos sectores operaron con una clara vocación golpista.

Si se quiere, la idea de que habrá fraude le permite al bolsonarismo amortiguar el impacto desmoralizante que le infringiría a sus seguidores una probable victoria de Lula. De esta manera, Bolsonaro procura mantener la capacidad de movilización de su base, la cual cuenta con una importante cohesión ideológica y una fuerte disposición al combate: un núcleo duro que es portador de un lúgubre espíritu de escisión.

A la vez, esta idea le permite generar escenarios de violencia política (ya sea de manera directa o indirecta) que mantengan a su fuerza con iniciativa y al propio Bolsonaro en el centro de la escena política, armado de una fuerte capacidad de negociación. Para ello cuenta con una base fiel en la policía militar, fuertemente disciplinada y corporativa.

Todo Carnaval Tem Seu Fim

Una derrota en el plano electoral de Bolsonaro, por muy importante que sea, no será el fin del bolsonarismo. Basta como prueba el hecho de que luego de cuatro años, en los que todas las variables macroeconómicas empeoraron, sigue siendo una fuerza política que preserva una considerable intención de votos. Y, más importante aún, mantiene una base social movilizada que cuenta con una importante capilaridad social.

El bolsonarismo forma parte de la emergencia de fuerzas de extrema derecha que en la última década viene conquistando cada vez más espacios a nivel global. En Estados Unidos, actualmente azotado por una de las peores crisis institucional y económica de su historia, Trump mantiene una enorme fuerza y capacidad de liderazgo. El movimiento de extrema derecha liderado por Marine Le Pen, en Francia, en abril pasado logró llegar al ballotage presidencial. El Fratelli d’Italia encabezado por Giorgia Meloni consiguió hacerse de la mayoría electoral en Italia. Y los ejemplos podrían seguir.

El ascenso de la ultraderecha se yergue como respuesta a la crisis capitalista mundial. Es la emergencia de una respuesta autoritaria y reaccionaria frente a un sistema político y económico del cual solo brota el hedor de un cuerpo putrefacto. Se trata de fuerzas políticas y sociales que encuentran su camino allanado por la debilidad que tienen las izquierdas para ofrecer alternativas radicales ante las ruinas del presente. Sin una verdadera alternativa sistémica, en medio de un presente que se cae a pedazos, difícilmente se pueda detener cabalmente la avanzada de las ultraderechas. El desastre es que las cosas sigan tal como están.

En lo que respecta a nuestra región, las condiciones que posibilitaron la “década ganada” se encuentran seriamente debilitadas. La reconstrucción de un nuevo ciclo progresista no depende de la sumatoria aritmética de gobiernos de signo popular, como lo hemos atestiguado con las llegas al ejecutivo de Fernandez en Argentina, Boric en Chile o Castillo en Perú. Con poco margen de maniobra, el tiempo hace que se parezcan cada vez más a las fuerzas que pretenden combatir. En lo inmediato, nada indica que se puedan re-sedimentar las bases materiales para que los gobiernos mantengan algún tipo de “compromiso de clase” beneficioso para los sectores subalternos.

La reconstrucción de un nuevo ciclo de gobiernos progresistas estará íntimamente atado a la capacidad que tengan los sectores populares de reconstruir un nuevo ciclo de movilización de masas. Para ello la derrota del bolsonarismo en el campo electoral juega un rol muy importante. Una victoria en el campo electoral de las fuerzas progresistas y de izquierda, nucleadas en la fórmula de Lula, puede ser el puntapié para empujar e incentivar las luchas sociales y las disputas culturales, ideológicas y políticas. La derrota de Bolsonaro podrá abrir un campo de posibilidad gigantesco para mejorar las condiciones de vida del pueblo, pero será la capacidad que tengan las fuerzas de izquierda y los movimientos populares las que puedan construir un horizonte de posibilidad con el cual volver a soñar.

Tal como escribió Paulo Freire, es preciso tener esperanza, pero tener la esperanza del verbo esperançar. Es decir, no la esperanza de la espera, sino la esperanza de levantarse, luchar, juntarse con otros para construir un mundo diferente.


 

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