Meloni
Foto: LUCA ZENNARO (EFE)

El 29 de julio pasado, en pleno verano italiano, Alika Ogorchukwu, vendedor ambulante nigeriano fue agredido por las calles de la ciudad de Civitanova Marche, por el hecho de haber pedido una moneda a los transeúntes. Filippo Claudio Giuseppe Ferlazzo, un obrero de 32 años le quitó la muleta y luego de haberlo tirado al piso lo mató a golpes en la vereda. El asesinato quedó grabado y el culpable detenido. Pero lo más llamativo fue la reacción de las instituciones locales. El alcalde de la ciudad, Fabrizio Ciarapica, representante del partido de centro-derecha Forza Italia, salió de inmediato a aclarar que no se trataba de un acto vinculado con el racismo, y que ligar “la muerte del nigeriano” con la presencia de sectores supremacistas blancos en su comuna sería “instrumentalizar” la “tragedia”. 

Civitanova se encuentra en Macerata, la misma provincia adonde en 2018, también en plena campaña electoral hacia las elecciones generales de marzo, Luca Traini asesinó a seis migrantes africanos disparando desde su auto a la madrugada. En ese entonces se intentó sostener la versión según la cual Traini actuó para “defender el honor” de una chica de 18 años violada, justificación que cayó a los pocos días pero que sirvió para instalar la misma narrativa: acá no hay racismo. La provincia de Macerata se encuentra en la región Marche, que desde el 30 de septiembre de 2020 es gobernada por Francesco Acquaroli, miembro del partido de la extrema derecha Fratelli d’Italia. Acquaroli fue uno de los protagonistas del debate acerca de la naturaleza neofascista del partido que representa: en octubre de 2019, durante su campaña electoral en la carrera hacia la gobernación, participó de una cena en conmemoración de la Marcha sobre Roma, la invasión de la capital liderada por Benito Mussolini en 1922 que llevó el fascismo al poder. Y a pesar de ello, Acquaroli ganó la elección. Es decir, en Italia no sólo no hay racismo (a pesar de los asesinatos recientes de Ahmed Ali Giama, Nmodou Diop, Emmanuel Chidi Namdi, Abba Abdul Guiebre, Jerry Maslo, Soumaila Sacko, Abdul William Guibre, Assane Diallo, Diop Mor, Samb Modou, Idy Diene y Willy Monteiro Duarte entre muchos otros), sino que tampoco hay fascismo. Y quizás en parte por eso que el partido que encabeza todos los sondeos de cara a las elecciones del domingo no reniegue de sus raíces fascistas, ni de sus expresiones racistas.

Fratelli d’Italia es un partido surgido en 2013 por iniciativa del ala más conservadora del Popolo delle Libertà, la coalición que sostuvo al entonces primer ministro Silvio Berlusconi hasta su caída en 2011. La líder indiscutida de la formación es Giorgia Meloni, quien fue ministra de Juventudes bajo el gobierno de Berlusconi y antigua militante del Frente de la Juventud, el brazo estudiantil del Movimento Sociale Italiano (Msi). Éste es a su vez el partido heredero del disuelto Partido Fascista. En los últimos años de la segunda guerra mundial, Mussolini y el ejército alemán ocuparon el norte de Italia para resistir a la invasión aliada que había desembarcado en Sicilia, y fundaron allí la Repubblica Sociale Italiana, un estado títere en manos del Tercer Reich y comandado por el caudillo italiano y sus secuaces más violentos. El Msi no sólo homenajeó aquella experiencia con su nombre, sino que logró reunir a muchos de los veteranos de la dictadura fascista bajo un mismo sello partidario aún después de concluida la guerra. Entre ellos Giorgio Almirante, autor intelectual de las leyes raciales de 1938 que la misma Meloni elogió y homenajeó en su lecho de muerte en 2020. Fratelli d’Italia entiende que el Msi es parte importante de la tradición de la derecha italiana y por lo tanto debe ser reivindicado, a pesar de las acusaciones de apología de la dictadura fascista que por eso se le movieron. De hecho, en las elecciones del domingo Meloni concurrirá bajo el polémico símbolo inspirado en el Msi: una llama con los colores de la bandera italiana que surge de una tumba, la de Benito Mussolini.

“Fratelli d’Italia es un partido surgido en 2013 por iniciativa del ala más conservadora del Popolo delle Libertà, la coalición que sostuvo al entonces primer ministro Silvio Berlusconi hasta su caída en 2011”

El crecimiento del partido fue realmente asombroso. Pasó del 1,96% de los votos obtenidos en las legislativas de 2013 al 25% estimado por todas las encuestas en estas elecciones, convirtiéndose en el partido con la mayor intención de voto del país. Su fortuna se debe a un mix de simpleza en el discurso y la linea política, el desmoronamiento de la izquierda -especialmente en su expresión más social y comunitaria- en la cotidianidad de los territorios, y el rechazo que generan las élites políticas de los demás partidos. En los últimos cuatro años, de hecho, Italia tuvo tres gobiernos distintos, todos fruto de lobbys entre las secretarías de partido que luego conducían a una nueva crisis por mesquindades o desacoples entre sus líderes. El ejemplo más evidente fue el del gobierno de Mario Draghi: un técnico, banquero y exponente de las grandes finanzas europeas (co-autor junto con Angela Merkel y el Fmi de Lagarde de las recetas de ajuste y humillación aplicadas en Grecia y otros países de la UE tras la crisis financiera de 2008) puesto al mando de un ejecutivo “de unidad nacional” sostenido por todos los partidos presentes en el parlamento, salvo Fratelli d’Italia. Ese desmarque fue clave para la fortuna actual de Meloni. Cuando las divergencias internas procuraron la caída de Draghi, fue la única dirigente que pudo enrostrar su coherencia a sus oponentes y usarla de plataforma para el lanzamiento de su campaña. Hoy Meloni, feroz antifeminista y antiabortista, está a un paso de convertirse en la primera jefa de gobierno mujer en la historia de Italia.

Para ello debió primero superar a sus aliados. Fratelli d’Italia es parte de una coalición de derecha en la que participan también La Lega, presidida por el ex ministro del Interior Matteo Salvini, y Forza Italia, del eterno Silvio Berlusconi. El líder natural de esta asociación debía ser Salvini, quien también conoció un crecimiento extraordinario en su popularidad en los últimos años. Su partido, La Lega, representa la otra cara de la extrema derecha xenófoba y tradicionalista italiana. Pero Lega y Fratelli d’Italia no son lo mismo. Por el contrario, representan a sectores sociales muy distintos entre ellos. Una primera diferencia es la de la base territorial. La Lega nació en las postrimerías de los años ’80 como Lega Nord, una fusión entre diferentes partidos y movimientos locales del norte que se percibían como defensores de pequeños y medianos productores, en su mayoría rurales, que pedían mayor autonomía del gobierno central de Roma. Pero rápidamente el movimiento se fue radicalizando hasta exigir directamente la secesión del norte rico del resto de Italia, y con las oleadas migratorias que llegaron a partir de la segunda mitad de los ’90 hizo de la oposición a la inmigración su principal bandera. En su breve experiencia como ministro del Interior, Salvini cerró los puertos a las naves de asociaciones humanitarias dedicadas a socorrer migrantes náufragos en el Mediterráneo, endureció las condiciones para la obtención de los permisos de permanencia y otorgó amplios poderes a instituciones locales y fuerzas de seguridad para la reducción de la presencia de migrantes en el territorio. En 2017 la alcaldesa de la comuna de Lodi, de La Lega, abrió un debate nacional al excluir de hecho a los hijos de migrantes de los comedores escolares, al exigir documentación complementaria para hijos e hijas de extranjeros. Pero el apoyo hacia el partido se fue diluyendo en función de las decisiones equivocadas que tomó el mismo Salvini en el ápice de su popularidad: primero propició la caída del gobierno del que él mismo era ministro para forzar unas elecciones anticipadas en las que se veía ganador, una jugada que le salió muy mal y permitió nuevas alianzas parlamentarias para evitar nuevos comicios; luego la decisión de apoyar al gobierno Draghi, representante justamente de esa élite contra la cual había nacido la Lega Nord; y por último la reaparición pública de sus vínculos con el gobierno de Vladimir Putin, gran financiador de las extremas derechas xenófobas europeas, que en Italia eligió Salvini como su caballo ganador en la cruzada para debilitar a la Unión Europea desde adentro. El rechazo generalizado que generó la invasión rusa en Ucrania también se llevó puesto buena parte del consenso generado alrededor de La Lega, apoyo que se volcó entonces hacia Fratelli d’Italia, única fuerza de la extrema derecha europea que condenó desde el primer momento las acciones del Kremlin

Del fascismo futurista al geronto-fascismo

La base electoral de la coalición entre Meloni, Salvini y Berlusconi no es exclusivamente conservadora. El discurso de la derecha italiana es profundamente identitario, habla a las raíces cristianas de la población, evoca un pasado añorado de bienestar y tranquilidad y se opone a todo elemento considerado foráneo e impuesto, como la “ideología de género”, la cesión de soberanía a la Unión Europea, o la apertura hacia la inmigración. Pero también hace brecha entre los desencantados de la política tradicional, desilusionados por las promesas de cambio de los movimientos políticos más novedosos -como los supuestos “antisistema” del Movimento 5 Stelle, que participaron en todos los gobiernos desde 2018 y hoy arañan un 10% de intención de voto– y reacios a toda problematización de la realidad social -como las “instrumentalizaciones” del homicidio evidentemente racista de Civitanove Marche-. La acumulación política de estos sectores, y una ley electoral claramente inadecuada para la actualidad italiana, podrían permitir a la extrema derecha no sólo lograr la mayoría parlamentaria necesaria para gobernar, sino que espera llegar a la mayoría de 2/3 para poder modificar la constitución sin necesidad de tejer alianzas con otras fuerzas. El camino que se abriría en ese caso sería extremadamente peligroso: Meloni ya aclaró que reformaría la carta magna para prohibir, entre otras cosas, la constitución de familias homoparentales. La Lega vería finalmente allanado el camino para la imposición de un sistema federalista que consagre y mantenga las diferencias socio-económicas entre norte y sur. Y Berlusconi podría cumplir su viejo sueño de convertir al país al presidencialismo, cimentando la lógica del “hombre fuerte” en detrimento de la del consenso interpartidista estipulado en el sistema parlamentario. Y, quizás lo más grave, por primera vez las fuerzas herederas del fascismo italiano podrían meter mano en la principal herencia del antifascismo, una constitución nacida justamente para evitar la restauración de un régimen como el que vivió el país en los años ’20 y ’30 del siglo pasado. Pero eso sólo se podrá discutir luego de los resultados del próximo domingo.


 

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